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La Comunión de Paula

 

“¡No hay excusas posibles!” Había dicho mi hermano Marcelo.

“Os aviso con  tres meses de antelación” había añadido.

 

Bien, entre dudas y quebrantos, al fin, decidí prepararme para la ocasión, lo de mamá estaba muy reciente y no sabía como encajaría el reencuentro con Ibiza sin ella.

 

 “Los de Madrid” hablamos, acordamos y finalmente, cada uno fue por su cuenta, en diferentes aviones, a diferentes horas y sin embargo, todos fuimos a parar  a casa de mi hermana Mabel quien nos esperaba contenta.

 

“Ahora voy a comprender a mamá cuando decía que erais sus dos alegrías, una cuando veníais y la otra cuando os marchabais” dijo socarrona.

 

No dio tiempo a ver fatiga en su sonrisa. Nos había comprado esponjas para todos y había sacado una ingente cantidad de toallas que debíamos usar en el baño por riguroso orden de tardanza:  los más tardones debían madrugar.

 

Antes de salir a dar un paseo, se dispusieron las habitaciones y se inflaron las camas extras. Después de poner sábanas y deshacer maletas, nos fuimos a comprar los regalos para Pauleta, “cerramos la tienda”, cogimos el coche y nos fuimos a comer.

 

Nos esperaban en el restaurante de siempre, “En el Isla”, junto al mar, para comer una paella. Entre risas y bromas comimos, tomamos postre, cafés  y chupitos y nos marchamos a casa para descansar un poco antes de seguir la jornada de visita por la isla. Marcelo, Jani, María y Paula, fueron a preparar lo necesario para la fiesta.

 

A las seis nos dirigimos a Acrópolis , o la ciudadela de Ibiza, para disfrutar del mercado medieval.

 

En la mitad del camino, hicimos un alto en una de nuestras tiendas preferidas , aquella que nos proporciona prendas y sandalias muy especiales.

 

La primera en elegir fue Clara que localizó una preciosa falda blanca que hacía picos y la hizo sentir como una modelo de pasarela. Como conjunto la abuela se empeñó en comprarle una chaqueta con capucha de la misma tela, la que paso toda la tarde en el bolso a pesar de la temperatura. Para dar un toque especial al conjunto, Clara escogió un tocado con lentejuelas que las chicas de la tienda le regalaron y ella agradecida, nos sorprendió,  colocándoselo a modo de cinturón en la cadera. La magia del conjunto la hacía sentir enorme, con zapatillas de deporte rosas y calcetines idem que se empeñaba en tirar hasta mostrar los talones. Diego eligió una chaqueta de algodón negra que a todos nos pareció le quedaba ideal. Naty compró regalos, encargos y sandalias y Rafa iba y venía ayudándonos a elegir, ni siquiera sé si se compró algo. La abuela se compró una blusa y una falda oriental que según ella y su nieto además de falda servía de vestido, ¡cosas de abuelas y nietos!

 

Subimos hasta lo más alto disfrutando de los múltiples y coloridos puestos, compramos un globo en forma de espada, un pajarito que pía si le pones agua y lo soplas y una espadita pequeña sin filo, del estilo de las de Toledo.

 

Quisimos, en varias ocasiones, sentarnos a tomar algo, hambre y cansancio de compañeros. A pesar de la gran cantidad de posadas instaladas por todas partes, no había ni una triste silla vacía, de modo que, decidimos bajar y caminar el par de kilómetros que quedaban hasta la pizzería del barrio de la tía Mabel.

 

A esas alturas, aunque contentos de estar juntos y con risas, ya flaqueábamos. El esfuerzo de la peque fue titánico y el de  los otros también, desentrenados y mal calzados para semejante periplo, el único que se mostraba más animado era Diego.

 

Apenas si comimos, enseguida decidimos descansar, nos tocaba una jornada larga al día siguiente. Organizados como un ordenado batallón nos fuimos a la cama. Los peques, antes de dormir charlaron con la abuela  y Clara pidió que hablaran de las pirámides de Egipto, fascinada con las historias que le había contado su otra abuela Juana, quien tuvo la fortuna de visitarlas.  Egipto se desplegó con su historia y Diego pudo lucir sus conocimientos y su fascinación por su cultura; finalmente cada cual se acomodó en su correspondiente cama y todos dormimos de un tirón.

 

A la Iglesia ...

 

A la mañana siguiente, sin mayores complicaciones, nos acicalamos y una hora antes de la ceremonia, desayunábamos a dos pasos de la Iglesia. La dueña del restaurante al principio nos miró con recelo, no tenía muchas ganas de dejarnos pasar al salón, pero se volcó en atenciones cuando supo que esperábamos para asistir a una comunión y finalmente la peque se la ganó con su conversación, en la que averiguó que la madre de Clara se llamaba Marcela como ella.

Nos despedimos de nuestra nueva conocida Marcela y fuimos a la Iglesia de San Telmo, ataviada para la ocasión. Redescubrí la talla de Jesús sin la pesada cruz a la espalda y me gustó la Iglesia. ¿Por qué nos empeñaremos en recordar la atroz muerte de Cristo y no su vida, su cariño y su alegría? A veces pienso que esa cruz está ahí para recordarnos que si somos muy buenos y nos rebelamos contra las opresiones podríamos acabar como él, así pues todos calladitos y amén. Cosas que se cruzan por mi mente desde pequeña, cuando no me cuadraba una vida tan extraordinaria con semejante muerte. Bien sigamos...

Paula estaba radiante en su traje de comunión, como una novia pequeña. Recibiría la comunión ella sola, así que toda la ceremonia fue en su honor. Después de Lectura del padrino y de la hermana, de la lectura de las compañeras y amigas y su propia lectura, de salmos y peticiones, sin olvidar el comedido discurso del cura, nuestra Pauleta tomó la comunión.

 

De la Iglesia a la Finca...

 

Los tíos de mi cuñada, como siempre nos recibieron en su preciosa casa para celebrar el evento. Bautizos y Comuniones y fiestas de importancia son todas celebradas en esta encantadora casa Ibicenca con sus hospitalarios dueños.

María, hermana de Paula, responsable y sensata, se ocupo de la mesa de los pequeños, fue una extraordinaria anfitriona; despues de comer organizó juegos y bailes para el batallón de peques.

El aperitivo fue tan copioso y exquisito que parecía que ya no podríamos comer más, pero milagros del aire libre y la inmejorable compañía, todavía fuimos capaces de comer a lo largo de al menos tres horas más. Marcelo había encargado la comida a un gran especialista en bufets de la isla y le pidió que hiciera las empanadas chilenas; imposible describir la alegría cuando vimos cantidades ingentes de empanadas que pusieron a prueba nuestra capacidad, que es mucha.

 

A la tarde se despejó completamente y el sol Ibicenco calentó el Oeste donde se encuentra la piscina. Paula, una amiga de esta, Diego y Clara quisieron bañarse. Fue una lucha sacar a la pequeña del agua, ya que ella estaba autorizada por su madre para nadar en lo hondo, aunque nosotros no lo sabíamos.

 

Después de comer, merendar y cenar, en el marco incomparable de la preciosa finca de los tíos y después de hacer un batallón de recogida, todavía quedó tiempo para la conversación .

 

Mientras el grupo de la familia charlaba, Clara comenzó a mostrar síntomas de agotamiento, así que, Rafa la llevó a casa junto con, Naty y la abuela y él se volvió a la fiesta. La niña durmió de un tirón hasta las 9 de la mañana del día siguiente. Rafa, Diego y la tía Mabel volvieron más tarde, todos cansados pero felices.

 

Fueron dos días mágicos, como lo son siempre en Ibiza, sobretodo en compañía de gente que te gusta.

                       

A la vuelta la abuela fue la primera en marchar, a las séis de la mañana, con mucho sueño, despegó en el avión a Madrid y a las nueve de la mañana ya estaba trabajando.

 

Los demás se quedaron todo el día siguiente y por lo que cuentan, comieron con mi hermano, su mujer y las niñas y luego se pasearon por el puerto, de compras y visitas, antes de coger el avión para Madrid, tarde por la noche.

 

Es difícil de explicar la serena alegría de estar con los que amas cuando todos hacen un esfuerzo para que tu vida sea grata y eso en la isla siempre es posible.

 

Con amor desde EIVISSA...No Image

 

 

Comentarios   

 
0 #1 rafaelnicolas pejenaute 01-08-2009 20:04
:-) ME HA PARECIDO UNA CRÓNICA MUY BIÉN ESCRITA.
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