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El Flaco Pollak

 Es curioso como la memoria atesora momentos mágicos y los viste de imágenes, que acaban tomando forma para contar su propia historia.

Para alguien que  siempre sintió la fragilidad de su existencia, que se sintió amenazada  por una naturaleza agresiva, por un suelo inestable que daba a la gente un carácter poco serio, pero de gran fortaleza, todo para soportar la idea subconsciente de que en cualquier momento podían dejar de existir. Aquella gente a la que tanto amé, a veces me dañaba, como las plantas resistentes asfixian y matan a las  más débiles.

 

En la naturaleza siempre se repite este patrón y al final todo se reduce a la lucha por la supervivencia. Mi supervivencia estaba siendo seriamente amenazada por muchos seres y sus circunstancias. En aquel momento, como en otros, yo parecía no contar con los elementos de fortaleza que pudieran salvarme del  desastre y el desastre se cernía sobre mi existencia con una virulencia y agresividad exagerada. No parecía haber un hueco para mí en aquel Universo y yo me acercaba más y más al borde de la extinción.

En los últimos tres años había tenido dos partos, una operación de peritonitis y cada día parecía acercarse más y más mi final; con una fiebre recurrente que nadie parecía entender. La gente de mi alrededor no sabía que esperar  pero todos se temían un final inminente.

Mi marido con gran sentido práctico ya había construido otro futuro. El intentaba ser amable pero su evidente distancia ayudaba a un pronto desenlace. Siempre en viajes de un mes en su compañía aérea y siempre voluntario para cubrir las bajas de otros, y así, obviar una situación que le era tan incómoda como ajena.

Para su nueva compañera, con su otro hijo,  cosa que descubrí años más tarde, era tiempo de planificar un futuro con mis dos pequeños que aportaría su nuevo compañero.

Así las cosas,  mi tiempo se agotaba y nadie daba con la razón de la fiebre recurrente que consumía mi existencia.

Yo conocía a todos los miembros de las tripulaciones  con las que mi marido trabajaba, incluso había dado clases a su nueva novia en la Escuela de Modelos, pero nunca relacioné su evidente odio con mi compañero de vida.

Todos en su trabajo conocían la historia que se desarrollaba entre Rio de Janeiro y Taití. 

En las fiestas era común que todos me trataran con amabilidad y simpatía, todos eran conscientes de la realidad  de mi situación mejor que yo y por tanto todos ellos eran casi condescendientes, excepto el flaco Pollak, un poco bufón que siempre se reía de mi evidente inocencia y me ponía a prueba constantemente con un humor que yo no comprendía, pero al que a pesar de todo, yo apreciaba como uno de los mejores amigos de mi pareja.

Hacía mucho que el flaco Pollak no nos visitaba, despues de uno de sus vuelos de un mes, vino con mi marido, era medio día y yo le invité a comer con nosotros. Mi aspecto era espectral, a pesar de mis esfuerzos con el maquillaje y mis ganas de disimular el horrible dolor que padecía.

A la sobremesa, de pronto el flaco Pollack me miró a los ojos y en una voz, desconocida para mí,  me dijo:  “ comadre, me  la voy a llevar a Valparaiso con mi hermana y mis padres; porque si no, aquí, me la van a matar” . Luego se volvió hacia mi marido y le dijo, “estoy hablando en serio, me la llevo”, mi marido contestó tan tranquilo, “pues llévatela”.

Yo estaba perpleja, no podía entender  aquel dialogo en el que yo parecía no tener participación, a pesar de ser de mí, de quien se hablaba.

Yo no salía de mi asombro, el flaco Pollack , que nunca había demostrado ningún interés o aprecio especial hacia mí y que siempre me hacía bromas, más bien humillantes , quería salvarme la vida y sin embargo, mi marido estaba encantado de perderme de vista.

“Bueno comadre  ¿se viene? Allí la Helga es la jefa de enfermeras del Hospital Van Buren”, agregó, “ella le buscará los médicos y lo arreglará todo. Y usted comadre se queda en mi habitación, como yo casi no voy, puede estar tranquila. Mi madre y mi padre la van a cuidar muy bien, ellos están jubilados” “Venga comadre, anímese”

De pronto sentí que debía ir aunque, significara estar lejos de mis hijos largo tiempo, o tal vez no volver a verlos. En cuanto a mi pareja, era obvio que no debía preocuparme.

Asombrada al comprobar la transformación del aparentemente superficial Flaco Pollack, que de pronto, me quería salvar y que había hablado con sus padres y su hermana para que se hicieran cargo de mí.

Todo fue rápido, no había recuerdos que guardar en el espacio de tiempo de la preparación. Había llorado demasiado. El no poder ocuparme de mis hijos en el año  de operaciones y enfermedad y vuelta a empezar, sólo alargaba la separación un poco más.

Los niños estarían con mis padres y en su guardería. Había hablado con la Directora y ella me prometió que todos los profesionales los cuidarían con esmero y que serían como sus propios nietos.

Llegamos a Valparaiso: el flaco, mi marido y yo. Subimos y subimos por calles empinadas y llegamos a una agradable casa.

Nos recibió una mujer  de aspecto, impecable, en una casa impoluta, ordenada y cálida, con mucha luz. Me mostro la que sería mi habitación, era preciosa, tranquila y luminosa y todo como yo siempre había vivido, limpio, impecable.

Después de un rato de conversación y un café  los chicos se despidieron y yo me acosté con una extraña sensación de vacío infinito. La habitación me abrazó con el edredón de patchwork, estaba situada en la zona de la entrada, a la izquierda.

Dormí hasta que Helga llegó del trabajo.Una chica enérgica, rubia, muy bella, me dio una cálida bienvenida y me informó de que me vería el mejor médico que ella conocía, quien estudiaría mi caso.

No tenía hambre así que seguí durmiendo. Al atardecer, explorando el pasillo y siguiendo la dirección de las voces, me acerqué a la cocina, allí estaban los Pollack, conocí al padre, estuvimos todos charlando, contesté a todas sus preguntas abiertamente y agradecí de corazón lo mucho que hacían por mí.

Todo era una gran nebulosa, los recuerdos se mezclan con las horas de sueño y padecimientos. 

Creo que fue al día siguiente cuando fui con Helga al hospital Van Buren. Me impresionó el  edificio monumental de la época de la conquista española, donde se atendía a la gente sin recursos y a la gente que, como yo, tenía seguro médico. Techos interminablemente altos, columnas, gente nerviosa y sufriente, mujeres a punto de parir. Helga me dejó dentro de una consulta, los muros eran muy gruesos sólo se oía el silencio y se respiraba paz. Unos minutos más tarde apareció un señor bajito, regordete con una camisa blanca de médico que amenazaba con explotar y con un fonendoscopio colgado al cuello, su aspecto era peculiar,  probablemente de origen araucano o del altiplano, aborigen, con una sonrisa bondadosa, yo confiaba en Helga y pensé que si ella decía que era el mejor, sin duda lo sería, aunque distara mucho de la imagen del médico de porte arrogante que yo había conocido; me relajé y me dispuse a contestar a sus preguntas. Me hicieron placas y pruebas y el examen físico más silencioso y exhaustivo que me han hecho en toda mi vida.

Cuando el doctor tuvo todos los datos que necesitaba, me dijo que me remitiría al mejor especialista en Ginecología que él conocía, porque creía que era el área donde se encontraba mi serio problema. 

Mientras, en espera de conseguir una cita con el otro médico, me puso un tratamiento  para ayudar a mi pobre cuerpo a defenderse de algo indefinido hasta ese momento.

Curiosamente, el interés con que fui atendida y el enorme cariño que manaba de mi nuevo médico  y de mis protectores había despertado en mi una energía nueva que me dio fuerzas de modo que,  cuando Helga y yo volvimos a casa, yo me sentía extrañamente alegre.

Helga había avisado a mi marido, por medio de  su hermano, que debería estar presente en la consulta del médico porque era casi seguro, que debería ser sometida a intervención quirúrgica urgente.

Helga era extraordinaria, me sugirió que tejiera un vestido y un abrigo que habíamos visto en una revista de moda. No se podía decir que yo era muy aficionada a las manualidades, prefería trabajos más intelectuales, pero, me pareció genial su sugerencia. Me llevó a conocer Valparaíso y a comprar lo necesario para emprender la aventura de tejer, lo que prometía ser, un precioso conjunto.

Hasta entonces yo siempre había lucido los modelos de diseñadores importantes en algunas de las pasarelas más apreciadas de Santiago de la mano de Pamela BB de Paredes. Mi tía se empeñó en llevarme a su escuela de modelos y por unos años fue mi casa ya que acabé trabajando en la formación de las modelos y auxiliares de vuelo de la compañía bandera del país.

La experiencia de confeccionar algo con mis propias manos era aterradora pero no podía decepcionar a Helga así es que comencé lo que a mí me pareció una tarea titánica. Cual Penélope abracé el desafío con entusiasmo.

El día de la consulta con el especialista llegó, y por recomendación del médico, también mi pareja. El doctor era un hombre afable, más al estilo de los médicos que yo había tratado: alto y con aspecto serio, pero trato bondadoso. Tenía  un desarmable del aparato genital femenino en su  mesa del despacho, que llamó muchísimo mi atención, no sé porque ese hecho me hizo confiar en él.

Después de las preguntas de rigor me examino concienzudamente en un silencio absoluto, intentando minimizar el dolor del trance en el que me encontraba.Al fin acabó el martirio, me vestí y fui al despacho.Bueno, Sra Amalia me dijo: acercando el desarmable y apartando varias piezas, “yo creo que lo que quiera que esté dañándola tan gravemente está situado en el saco de Douglas, que se encuentra a la altura del coxis, que es donde advierto la mayor reacción de dolor, de momento sólo lo puedo comprobar operándola. Sospecho que es algo muy grave, pero no sabremos exactamente lo que es, hasta que lo analicemos. De todos modos, agregó “sea lo que sea, necesito todas sus ganas de vivir y pensamientos positivos”. Me dijo que me prepararían para la intervención y Helga me diría las fechas de las pruebas y la de la operación, la que, en cualquier caso, sería a la brevedad posible.

A mí no me impresionó en absoluto la aparente amenaza a mi vida y a mi marido  tampoco  parecía preocuparle mucho, desde el parto de la pequeña seguido de la operación de peritonitis, yo técnicamente era una moribunda,  así que, se marchó  prometiendo que vendría el día de la operación y eso fue todo. 

Seguí tejiendo con la esperanza de concentrarme en el vestido y abrigo a juego que podría lucir cuando acabara la tarea encomendada.

Mis niños vivían en cada cosa que yo hacía o pensaba. Pasaba muchas horas sola, aunque cada día charlaba más y más con mis anfitriones, los que también, cada día, apreciaba más y quienes se revelaban como gente más y más interesante.

Una noche  los Pollak charlaban a cerca de mi situación cuando entré en la cocina comedor, sitio que me encantaba. Me contaron que el padre pertenecía a un grupo de mentalistas que estudiaban e investigaban los temas de la mente y las posesiones, posibles conexiones con espíritus en gentes con una especial sensibilidad, me dijeron que habían analizado mi extraño caso con tan virulenta recurrencia, siempre al borde de la muerte y que  a ellos les parecía que deberían estudiarlo a fondo y ayudarme.

Yo nunca creí en los espíritus que no fueran fuerzas del universo, pero si sabía de la fuerza que puede desatar una mente viva que ama, odia o envidia, de modo que convine, con un gran sentimiento de rechazo, en acompañar a don Luis a su reunión al día siguiente. 

Me fui a la cama presa de una gran inquietud, por una parte mi curiosidad científica me decía que debía ir, por otra, una gran fuerza me empujaba al rechazo. Me costó mucho conciliar el sueño.

Por las mañanas las pruebas  y análisis en el hospital y tejer como una buena Penélope, pero esa tarde teníamos que ir a la Asociación. Yo iba muy forzada y reticente, don Luis me advirtió que eso pasaría y que tratara de dominar ese sentimiento. Llegamos a la Asociación y entramos directamente a la sala de reuniones.  Allí había mucha gente sentada en un gran círculo. Todos me saludaron con simpatía, casi diría que, con cariño.

Turno de preguntas, todos querían saber, yo contestaba a todo lo que me preguntaban. Al fin, la directora de la reunión creyó conveniente hacer una exploración a mi mente.

El director y yo nos situamos, de pié, en el centro del círculo, los demás nos rodeaban con una distancia de unos dos metros, todos sentados y tomados de la mano. Las luces se atenuaron hasta el punto de distinguir sólo las siluetas. Yo comencé a sentir una gran desazón que desencadenó mi angustia. Intentaba zafarme de las manos del director, el me sujetaba férreamente. De pronto me puse a llorar y me vi llorado e intentando huir desde el techo, como si yo hubiese sido una cámara u observara la escena desde un plano superior; no podía reconocerme en esa actitud. La directora de la reunión comentó: "esto es muy serio" y dieron por terminada la sesión.  Yo volví a sentirme en mi atribulado cuerpo deseosa de perder de vista a todos y a todo.

Fue aterrador pero sentí que algo había cambiado y que era bueno. Me contaron que mi voluntad estaba intervenida y que debía rechazar esa intervención porque me hacía mucho daño. Yo no podía creer lo que había vivido pero tampoco ponerlo en duda.

Fui a la reunión, en otra ocasión; la intención era curarme con hipnosis. Imposible, comentarios de mi capacidad o inteligencia aparte, llegamos a la conclusión de que no era posible ayudarme con ese método. Me dejaban en paz, pero harían reuniones para acompañarme en la operación y siempre que tuvieran sesiones, me enviarían energía protectora.

Nunca más quise hablar del tema ni volver a la Asociación,  pero hice mis ejercicios de control de mi voluntad y pensé en el grupo cuando me sentí débil dando, constantemente las  gracias  por su preocupación y ayuda, lo que me hacía sentir altamente protegida.

Llegó el día de la intervención quirúrgica, esperábamos a mi marido para llevarme al hospital en el coche y estar allí hasta que volviera en sí de la anestesia, pero en su lugar una llamada telefónica me anunció que tendría que irme en el autobús al hospital, por que él tenía que volar a Taití.

Helga había salido temprano a trabajar. Los Pollack tenian sus compromisos, así pues, me indicaron donde coger el autobús y me encaminé al hospital sola. Me operarían a última hora de la mañana.

No estaba contenta, había algo de huída en la voz de mi pareja. Llegué al hospital y me preparé mentalmente para lo que me tocaba vivir en aquel momento. Todo fue fluido, fácil. Pensaba en mis peques, mis niños a los que hacía más de un mes que no veía.  

Helga me atendió y de pronto me di cuenta de que me encontraba, otra vez, en un quirófano. El médico me saludó y comenzamos, " Por favor, cuente desde 100, como ya sabe". Yo comencé 100, 99, 98…………

Sentí que flotaba en una cápsula transparente y a lo lejos habitaba un dolor insoportable pero que no me afectaba, sabía que era mío, que estaba en alguna grieta profunda de mi cuerpo pero no me afectaba. Vino la enfermera a despertarme y preguntarme si necesitaba algo. Yo no podía moverme pero me sentía bien, el dolor estaba muy lejos y no me hacía daño. La enfermera venía me trataba con cariño y me decía “descanse tranquila luego la visitará el doctor” “Le hemos puesto un calmante para que no le duela, duerma otro poquito, nosotros la cuidamos”

Yo me sentí arropada, cuidada y querida, así que me fue fácil dormir hasta que llegó el doctor. El doctor me dijo que la operación había salido muy bien, que me contaría todo al día siguiente, que no me preocupara que me cuidarían, esa palabra repetida me devolvía la tranquilidad. Me habían puesto una inyección para  que descansara y me repusiera pronto. Recordaba la operación de hacía un año y me dije, “estoy bien, lo malo que había en mi cuerpo se ha ido”.

Por la mañana Helga pasó a verme muy contenta con los resultados de todo y a contarme que la buena gente de la Asociación, junto con su padre habían hecho una cadena para darme energía durante las horas que duró la intervención quirúrgica, y,  que la repetirían cada tarde. Me prometían que: siempre que se reunieran me enviarían sus fuerzas y cariño, que no hacía falta que volviera. Así y todo, sabía que tenía que volver.

El segundo día vi la cicatriz cuando el médico me visitó, me explico que me habían reconstruido  la parte del vientre y el ombligo y además de los puntos tenía grapas para que la cicatriz fuese una línea imperceptible con el tiempo.  Yo estaba feliz, todo lo que recibía de aquella maravillosa gente era inmejorable. Mi familia estaba lejos pero yo tenía todo el cariño y la atención que necesitaba y mucho más de lo que hubiera podido soñar.

Esa noche, obserbaba las paredes de mi habitación, agrietadas por los terremotos, contemplaba una bombilla que parecía venir del espacio exterior. De pronto la bombilla empezó a pendular al tiempo que mi cama se sacudía, mi terror fue infinito, no me podía mover, en unos segundo el seísmo paró, cuando comenzaba a calmarme, empezó otra vez, mi corazón amenazaba con salirse de mi pecho, otra vez se detuvo, pero volvió a empezar, sólo pensé "y ahora que más quieres de mí".

El griterío de los enfermos y las carreras de las enfermeras intentando calmarlos era alarmante. El hospital tenía más de cien años de terremotos. Conociendo a los profesionales chilenos, sabía que el Van Buren podría resistir largo tiempo más pero el miedo al derrumbe era inevitable. Al fin la tierra nos dio tregua y poco a poco volvió la calma. Apareció una enfermera disculpándose por haberme dejado sola. Me dijo que pensó que sabría controlarme y no me haría daño, mientras, la gente se arrancaba las vías del suero y se tiraba de las camas, recién operados, la mujer estaba exhausta.

Una vez restaurado el orden y la calma, me preparó una infusión y ella se tomó una taza de té. Charlamos largo rato, hasta que tuvo que hacer su siguiente ronda. Así era esa preciosa tierra siempre moviéndose, en permanente cambio.

Por las tardes dormía una siesta. Una tarde, al despertar, vi al primer médico que me examinó cuando entré en el hospital por primera vez. Estaba sentado junto a mi cama.  "Buenas tardes, como está la enfermita", dijo.

Charlamos un rato acerca de mi experiencia. Me informó de mi nuevo estado físico, y de su alegría de verme tan recuperada; y se fue, a seguir atendiendo a sus pacientes. 

La enfermera me dijo, “viene todos los días cuando termina su consulta,   como usted esta dormidita él se queda un ratito observándola y luego se va a ver a los demás, el también la cuida y los cuida a todos, son como de su familia, así es el doctor”.

Me parecía estar viviendo un sueño, después de tanto dolor, incomprensión y soledad esto parecía un regalo inesperado.

En todo el tiempo que había estado en Valparaíso sólo vi al Flaco Pollak dos veces, apenas hablamos, como siempre había sido, y sin embargo, yo sentía que estaba viva gracias a él y a su familia que aceptó cuidarme.

Y seguí tejiendo y tejiendo hasta que de pronto tenía el vestido y el abrigo terminados. Helga estaba contenta y yo elegante y satisfecha del esfuerzo. Hasta mi abuela, modista de alta costura, hubiese estado orgullosa de mi trabajo.

Mi marido vino a buscarme a Valparaíso cuando supo que dejaba el hospital, era verano, venía con los peques y fuimos a la playa, el tenía mucha prisa por volver, Helga pensaba que yo aún tenía que descansar y reponerme, pero finalmente, volví a Santiago con mis peques, el sabía que si los llevaba yo no me quedaría.

Me recuperé muy rápidamente de la operación, incluso me entrevisté con el director de la TV Nacional para hacer una prueba y presentar el bloque de los niños. Pero, la vida me tenía reservada otra aventura.

¡Nos vamos a España a trabajar! me dijo mi marido, ¿Quieres?Yo dije “si por supuesto, además creo que puedo trabajar allí, porque los locutores chilenos con documentación están autorizados sin necesidad de ningún trámite”.

¡Fantástico entonces nos vamos a España!

No volví a Valparaiso, nunca hice nada especial para agradecer a Luis Pollak y a su maravillosa familia: Helga y sus padres, pero desde el día que llegué a su hermosa tierra, todos ellos han vivido en mi corazón que siempre los bendice y ama.

Nunca más supe de ellos pero tanto ellos como: los miembros de la Asociación, los médicos y enfermeras que me atendieron, forman parte de mi vida para siempre, como un gran tesoro, y donde quiera que estén, tendrán mi cariño y gratitud.

El Flaco Pollak me regaló la vida  cuando decidió llevarme con su familia, espero haber sido digna de tamaño regalo y haber honrado con mi vida su memoria.  

 

 

Página Oficial del Gobierno de Chile

 

Historia
 
Los inicios de la historia del “Hospital Carlos Van Buren”, se remontan a una época quizás un poco alejada a la que vivimos actualmente, ya que pensar en el S. XVI, es pensar en tiempos de corsarios y piratas. Se llamaban Corsarios a aquellos marinos que realizaban sus aventuras marítimas autorizados por sus gobiernos. Mientras que los piratas realizaban las suyas por su propia cuenta.
 
 
En aquellos tiempos, las travesías de los barcos que zarpaban desde Europa; España, para ser más exactos, hacía el Continente Americano, duraba muchos meses debido a la sencillez de sus embarcaciones. Además de ser estas travesías tan largas, la tripulación frecuentemente se veía con problemas de enfermedades, epidemias y heridos dejados por los sucesivos ataques de los corsarios y piratas que por esos tiempos rondaban las costas de nuestros continentes. Como no existía un sistema rápido de comunicación a distancia y los medios de asistencia para los enfermos y heridos eran sumamente deficiente, la tripulación de los Barcos, a su regreso a España, era mucho menor que la que había partido.
 
El Rey de España en ésa época era Carlos III, quién consciente de lo que sufrían sus marinos en estas travesías hacia el Continente Americano, dictó lo que se llamaba una Real Cédula, algo así como un Decreto Supremo actual, en la que ordenaba la creación de un Hospital en Valparaíso, que era el punto donde con mayor frecuencia llegaban sus embarcaciones. Esta Real Cédula la dictó el 14 DE AGOSTO DE 1768 y designaba como lugar para la construcción del Hospital la Quebrada de Elías, ubicada entre Cummings y Almirante Montt. Sólo 4 años más tarde, el 18 de noviembre de 1772 y bajo el gobierno de Don Antonio Gil y Gonzega, se fundó el Hospital que se llamó “San Juan de Dios”, ubicado en los lugares del Almendral, dando así cumplimiento a la Real Cédula dictada por el Rey de España Carlos III.

 

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(441)

<¿Para qué repetir los errores antiguos habiendo tantos errores nuevos que cometer?

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(439)

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Adam J. Jackson

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