Golpes de nostalgia

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 ¡Qué duro no tener lector!¡Qué difícil escribir sabiendo que mis palabras no alcanzarán la mirada de quien en ellas reflejaba su sonrisa. Te echo de menos. Extraño el tacto de las teclas bajo mis dedos cuando corrían presurosos a contarte mis pequeñas miserias y mis grandes hazañas.

 

 Puesta de sol

Ambas componen mis andanzas cotidianas. Las primeras me hacen caminar despacio y su peso resulta a veces insoportable. Pero siempre consigo avanzar, y un poquito más adelante encuentro ese brillante horizonte que alumbró las grandes gestas de aquellos que se atrevieron a dar un paso más.

Hoy llevo esa carga a mis espaldas, no me preguntes por qué. Creo conocer la respuesta pero no me atrevo a pronunciarla, no tengo el valor suficiente para decirte cuánto me duele un silencio que no calla, un vacío que está lleno, un tiempo que se para.

Así me siento, huérfana de tus palabras, de los senderos que trazaron tus labios, de ese cálido aliento que me susurró tu boca. Ojalá hubiese sabido cómo sembrar en ti la extrañeza que yo siento, cómo dejarte sediento junto al manantial de mi deseo.

Ojalá hubiese sabido cómo arrancarte un minuto de ternura. Habría sido suficiente para no seguir secándome lentamente, mientras hundo mis raíces en esta tierra que presurosa me abraza. Ella conoce el dulce sabor de la nostalgia y son mis lágrimas un exquisito manjar para sus hambrientas entrañas.

Escuché cantar a una guitarra que debía amar la arcilla que iba en mis manos, pero ahora que apoyo mis pies sobre el barro no estoy tan segura de querer sentir su frío tacto. No deseo convertirme en piedra y sin embargo, la vida me endurece un poco más cada día.

Contaba el poeta que el viejo olmo hendido por el rayo y con su mitad podrida, recuperaba algunas hojas verdes con las lluvias de abril y el sol de mayo. Yo quiero creer en el milagro, pero se me escapó la fe a golpe de fracasos. Como Sábato, también yo soy de esa raza de hombres y mujeres que se han formado en sus tropiezos con la vida.

Fue un filósofo quien dijo que amaba a quienes no sabían vivir de otro modo que hundiéndose en el ocaso, pues ellos serían los que pasasen al otro lado. Yo me pregunto ¿dónde queda ese lugar? ¿Cuántas veces tendré que seguirme equivocando? ¿Cuántas cicatrices más agrietarán mi corteza?

Ya me hirió la vida. Y también me enseñó que, como dijera María Zambrano, "hay que tener el corazón en lo alto para que no se hunda, para que no se nos vaya. Y para no ir uno mismo haciéndose pedazos". A mí el corazón se me ha roto en millones, no en una sino en muchas ocasiones, y cada vez resulta más difícil volver a recomponerlo, pues persiste en su fragilidad como yo en mis caídas.

Aún confío y quiero creer que llegará ese día. El amanecer al que abriré mis ojos para encontrarme frente al lugar que durante tantos años he intentado alcanzar. Sólo busco mi sitio, esa esquina del mundo donde quien soy se dé de bruces con quien quiero ser. Y por encima de todo, ansío vivir para relatar ese hallazgo. Para contar el abrazo de dos mitades que por separado sólo son capítulos y juntas, algún día, serán mi historia.

Sara.